lunes

8- El puente

Escrito II
EL CONOCIMIENTO

8- El puente

A la caída del Sol caminé hacia el viejo puente de madera sobre el río Jordán. Andaba abstraído por lo acaecido unas horas antes, nunca dejaba de sorprenderme por los acontecimientos de cada jornada. Cada nuevo día era imprevisible, aprendí a vivirlos sin tener una preocupación por lo que vendría después. El mañana dependía de hoy.

Crucé el puente y tras unos minutos andando me encontré con… ¡el viejo auto! No muy lejos se encontraba un olivo como en el que había reposado.

¡No puede ser! —me dije—. ¡El olivo puede ser otro… pero el auto no! ¡No había dos iguales! Me fijé en la matrícula y… ¡era la misma! Acabé sentándome desconcertado otra vez junto al olivo.

Después de unos minutos de elucubraciones me di por vencido, decididamente no había cruzado el puente, no encontraba otra explicación.

Cuando mi mente se quedó ya en calma se acercó una mujer preguntándome por el camino para llegar al puente, su rostro me resultaba familiar. Sus ojos, su mirada, me recordaban… pero no podía ser.

Le señalé el camino.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Meryem —me respondió—, soy palestina.
Sonrió.

Era ella sin duda, sus ojos lo confirmaban.

Evidentemente nada le podía manifestar de lo que pensaba, aunque no hizo falta.

—Tú has cruzado el puente —me dijo—, aún así estás en la misma orilla. El Maestro te señaló el puente porque buscabas una tierra diferente donde situar su Reino. Así pues, dejó que lo comprobaras. Y ya te has dado cuenta que el Reino de Dios no se encuentra en un lugar al otro lado de ninguna parte, sino que es un cambio, una expansión de conciencia, un despertar de un sueño en el que estabas sumergido; estás en el mismo lugar del que partiste pero ahora Despierto.

¡Te has sanado de tu propia enfermedad! —una voz masculina exclamó.

Me di la vuelta y ahí estaba el Maestro, mirándonos.

—La comunión —continuó— con el Espíritu que siempre habéis sido, sois y seréis, ha hecho posible que los caminos se encuentren una vez más.

—Hoy, este mundo es comparable a un cuerpo, donde conviven células sanas con otras enfermas. Enfermas de egoísmo que no responden al propósito de la conciencia que les habita, la que son en realidad. Los órganos enferman por falta de colaboración de sus células, entre sí, así como entre diferentes órganos. La energía de la Vida no circula libremente, es tristemente acumulada por unas en detrimento de otras produciendo el aislamiento, la carencia de energía y la consecuente muerte.

―Es necesario cambiar dicha situación, y la solución no vendrá de fuera, pues no existe tal lugar como no hay otro lado del puente. Son las células sanas que irradiando su propia energía señalan a las enfermas dónde mirar y, sólo han de buscar dentro de ellas mismas, en su núcleo, en su esencia, y descubrir quienes son, de este modo despertar del sueño del aislamiento.

—La Vida es Amor, compartir, colaborar, trabajar juntos en un propósito no ajeno a vosotros, a mí. Pues todos vosotros y yo somos los artífices de este gran Plan que llamáis Vida.

—Sólo el Amor traerá la Paz y la Armonía. Asimismo mi cuerpo, vuestro cuerpo, seguirá creciendo fuerte y sano. Su Luz irradiará con más fuerza y se propagará por el firmamento ―el Cuerpo―, del que sois, somos, un órgano vital.

—Mi Padre, vuestro Padre, os bendice.

—¡Id en Paz!

Permanecimos en silencio…
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