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lunes

Epílogo


"…Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros"




Así Es…

Acaba una etapa y emprendemos

otra nueva en nuestras impermanencias.






Estos escritos…

Comienzan el tres de febrero y terminan el siete de mayo del año dos mil siete

siendo una conexión con el Maestro que vive en todos los seres.


Son simplemente una experiencia vivida, una más.


Vive la tuya: es única.

***





DESCARGA EL LIBRO EN ESTE ENLACE: AL ENCUENTRO CON EL MAESTRO
COMPÁRTELO, SI ES TU DESEO, CON QUIENES QUIERAS. Y QUE TU BENEFICIO SEA SOLAMENTE ESPIRITUAL, QUE REPERCUTIRÁ EN TU VIDA COTIDIANA. COMPARTIR, SIN INTERÉS ECONÓMICO EN ELLO.
 ES PATRIMONIO DE TOD@S.

17- Yo Soy Uno



Escrito II
EL CONOCIMIENTO

17 - Yo Soy Uno


En el silencio de nuestras mentes, en la calma de nuestros cuerpos, supimos y conocimos. Escuchamos la Voz del Sin Nombre:
—Dejad que vuestros corazones se abran como una flor y así, a través de ésta, descubridme, sentidme, amadme.
—Yo Soy y me reconozco en mi Creación.
—Yo Soy el Ser manifestado en cada instante.
—Una sola Conciencia emana de mi Ser profundo.
—Yo Soy Uno con “Mi” personalidad en Cuerpo y Alma encumbrados.
—Ya no hay dualidad sino Unidad…

—Mi Espíritu, mi Alma, mi Cuerpo, son Uno y Yo Soy Uno con Ellos y en Ellos.
—Ellos ya no son Ellos sino Yo.
—La Trinidad es Una y Yo Soy Uno con Ella y en Ella…—Mi Vida es Una y múltiples mis manifestaciones y aun así sigo siendo Uno.
—He transmutado la palabra “Tú” y la convierto en “Nosotros”.
—Y Nosotros y Yo somos Uno, no hay dualidad.
—Yo Soy el único Yo Soy.
Continuamos en silencio, de pronto, me sentí fuera y dentro de mí a la vez y una espesa bruma me envolvió. Mi conciencia se expandió. Contemplé un rostro joven y otro longevo, más el que nunca se muestra. La Voz prosiguió:
—Cuando me sentís alejado e inalcanzable es sólo el juego de vuestras mentes por seguir siendo quienes tomen las decisiones, cuando en realidad vuestras mentes solamente son una herramienta mía para reconocerme en mis emanaciones.
—Creé la palabra “tú” y “él” para tomar cierta distancia de Mí mismo y en la lejanía poder reconocerme en mi Creación. Y en un rincón del cosmos, hoy, ahora, en este pequeño mundo… Yo Soy...

—…He unificado el Cielo y la Tierra en Mí.
—Mi Hija y mi Hijo no son sólo mi Hija y mi Hijo, Soy Yo.
—Extendí mis brazos en Ellos, mi Hija y mi Hijo primigenios, y hoy en Ellos me manifiesto como en La Realidad Yo Soy: un solo Ser.
—No es a Ella y Él a quien veis. Yo Soy a quien veis en Ellos, pues Ellos y Yo somos Uno. Si Le contempláis, ya sea en unidad o dualidad, os reconocéis a Vosotros mismos y Me descubrís.
—Así, en el pasado con sus ejemplos os señalé el Camino, tanto en la Renunciación del mundo ilusorio como a través del sacrificio del ego en la Crucifixión; también os mostré la Esperanza en la Iluminación, en la Resurrección y en la Ascensión.
—Hoy, en una vuelta más de la espiral de la Vida, viviréis la Unificación del Ser de la Luz Dorada. La gran Profecía no revelada aún se hará una realidad en este mundo y se convertirá en un ideal a alcanzar por la Humanidad, que todos lograréis pues en la Realidad ya Es…
—…Aquietad vuestros intelectos, vaciad vuestras mentes, llenad vuestros corazones; sólo así os reconocéis, sólo así me conocéis.
—Mi Voluntad… vuestros Deseos. Vuestras Esperanzas… mi Voluntad.
—Unifico cada día un poco más en todos Mi Camino de regreso al Hogar.
—Recordad, sólo el Amor es la llave que abre la puerta a la Vida…
—Y, conoced que no sois distintos a Mí.
—Y viviréis cada instante con más intensidad y diréis: Yo Soy.
—Y sentiréis que Yo Soy quien en La Realidad siempre Es.
—Tú y Yo Somos Uno.
—Vosotros y Yo somos Uno.
—Uno…

—…Decid con el Cuerpo, con el Alma, con el Espíritu…“Yo Soy”, porque en verdad así Es...

—El Maestro que habéis buscado siempre ha estado con y en vosotros y es quien os ha ido señalando el Camino hacia Vosotros mismos, hacia Mí.
—Vuestro verdadero Maestro es vuestro propio Espíritu: El Cristo que sois, el verdadero “Yo Soy”.
—Siempre estuve dentro de cada uno de vosotros; siempre estáis dentro de Mí.
—Porque, no lo olvidéis: Tú no eres Tú; Vosotros no sois Vosotros: Soy Yo.
—El Amor es quien nos une. Éste es todo el Conocimiento que precisáis, que existe en la Realidad...

—Yo Soy… Uno, en el Cielo y en la Tierra. La Voz cesó y… ya no somos más dos, sino UNO en “Dos”.


*
*    *

6 - La oportunidad

Escrito II
EL CONOCIMIENTO

6 - la oportunidad

Ensimismado en mis pensamientos no me percaté de la presencia de un extraño junto al auto.

—El camino del Corazón… —escuché. Era la voz inconfundible del Maestro.
—¡Qué diferente sería todo si hiciéramos caso a aquello que nuestro corazón, nuestra alma, desea manifestarnos! ¡Qué testarudos somos y cuántas veces hacemos oídos sordos a su voz! Una voz que nos susurra en sueños, en la sonrisa de un niño, en la mirada de quien te encuentras en la calle, en el saludo de quien no te conoce; en quien con amor te dice: ¡cuidado! para que no sufras, y aún en la enfermedad y la muerte. La voz no deja de hablarnos nunca y a pesar de ello cada vez la escuchamos menos.
—Mi voz —continuó— clamó en el desierto: “¡Padre, ayúdame a comprender! ¡Guíame en la oscuridad de la noche! ¡Hazme un instrumento útil en la realización de tu Propósito! ¡Me faltan las fuerzas!”
—Llegué a sentirme hundido —aseveró—, abandonado, incapaz de poder cumplir con mi promesa. Mas su respuesta no llegaba. Vagué días sin alimento. Creí desfallecer por momentos, nada de lo aprendido parecía sacarme de esta inquietud. Sentí la muerte cercana…
—Pero mi Padre me necesitaba vacío y así me encontró. De Él, entonces, brotaron estas palabras: “Ahora ya estás preparado, limpio y puro. Puedes comenzar a compartir con tus hermanas y hermanos el Amor y la Sabiduría que habita en ti, que eres tú, que Soy Yo”.

—Es necesario que llegue la noche más oscura para poder apreciar con todo su poder la luz del alba que nos iluminará por siempre.
—Al igual que Él me envió en otro tiempo, junto con aquellos a quienes llamó y respondieron a su solicitud afirmativamente, hoy son miles quienes aceptan su llamamiento.
—La Voz ha de escucharse alta y clara en todas las lenguas y en cada rincón de la Tierra que nos acoge con amor, más allá de los límites estrechos de vuestras religiones, y dentro de cada una de ellas. No hay nada que abolir, simplemente transmutar vuestro ser, permitir a la Vida que crezca nuevamente en vosotros; convertiros en quienes realmente sois: Hijas e Hijos del Padre por derecho propio desde aún antes de la Creación.
—Es la respuesta de nuestro Padre a las súplicas de millones de sus Hijas e Hijos, de aquellos que se encuentran en la más absoluta soledad, cansados de sufrimiento y angustia, deseosos de vivir en paz. Pasó el tiempo de la niñez, mas estando aún en plena adolescencia, ya sois capaces de dar pasos por vosotros mismos como adultos.

—Hoy las vestiduras son diferentes. Buscadme, buscadnos en el compañero de trabajo; en la madre, el esposo; en el ateo, el creyente; el científico, el religioso; bajo todos los ropajes imaginables.
—¡Escuchadles!, pues Soy Yo quien habla a través de ellos.
—¡No les sigáis! Seguid únicamente la dirección de sus dedos que señalan a vuestro Corazón, a vuestra Alma, a vuestro Espíritu.

—Yo, el Maestro, ―a quien llamáis el Cristo de los cristianos, el Imán Madi de los musulmanes, Maitreya para los budistas, el Mesías para los judíos, Wanekía para el pueblo indio, el Amor para los amantes y la Sabiduría para los científicos―, estoy entre vosotros visible para los limpios de corazón.
—¡Escuchadles! ¡Por sus frutos les conoceréis! ¡No deis la espalda a la oportunidad que tenéis! ¡No dejéis que sus vestiduras se vuelvan negras por vuestra ceguera y ved en sus ojos limpios, los míos!
—Os pido que sigáis cada uno con vuestra vida. Hacedlo todo con amor. Situaos los últimos, aparentemente nada cambiará en el exterior, será en vuestro interior donde primero lo notaréis, lo demás lo tendréis por añadidura.
—¡Compartid! ¡Amad!
—No es tiempo de una fe superficial. Veréis y creeréis. El Cielo y la Tierra se han aliado para que así sea.

Escuchaba sin pestañear, su sola presencia era para mí todo un acontecimiento. Sin embargo su Ser emanaba simplicidad, convirtiéndole en el mejor amigo que uno pueda tener, con quien todo era confianza y naturalidad. No era amigo de ceremonias sino de abrazos espontáneos y de este modo se despidió de mí señalándome el valle del Jordán…

3- La Madre

Escrito II
EL CONOCIMIENTO

3- La Madre


Llegamos a Nazaret al mediodía. Desde que despertamos no articulamos palabra, aún nos encontrábamos bajo el influjo de lo visto y oído en la noche. El Maestro nos dejó descansar hasta bien amanecido el día, sabía que teníamos que digerir lo vivido en silencio. Y como siempre, dejó que las aguas volvieran a su cauce con calma.

Los ojos del Maestro exultaban vida y, aunque siempre sonreía, ahora desbordaba alegría. Su madre —María—, la encontramos en la plaza ensimismada en la adquisición de especias, éstas le apasionaban. Siempre experimentaba en los guisos y el Maestro era su conejillo de indias y Él acababa siempre diciendo: “Madre, es el amor con que lo preparas el mejor condimento”.

Él se acercó sigiloso a su madre por detrás y le tapó los ojos con las manos, ella se volvió rápidamente, bien sabía quién era. Desde niño, cada vez que podía sorprenderla, sus encuentros se producían del mismo modo. Se abrazaron. Hacía meses que no se veían y las noticias que llegaban eran confusas y siempre temiendo que su hijo cayera en manos de los romanos, o peor aún de Herodes, rey de Judea, pues su fama de crueldad no tenía límite.

Entramos en el hogar del Maestro, de María; una morada humilde como todas las de Nazaret, donde los años transcurrían con lentitud y nada parecía cambiar. El taller de José seguía activo aún después de su muerte. Santiago, hermano del Maestro, se encargó de proseguir los trabajos a la partida de éste.

Ya sentíamos la necesidad de encontrarnos en casa y aquí se hacía realidad. Un poco de reposo y la mano de una madre se echaban en falta.

María nos trataba como a sus hijos, siempre pendiente de todo.

Al atardecer, el Maestro volvía de caminar junto a los olivares. Nos encontrábamos charlando, se sentó con nosotros.

—Recuerda Madre —comenzó Él a hablarnos— que hace un tiempo te manifesté la necesidad de dedicarme a los asuntos de mi Padre —ella aseveró con un gesto.

―Tú, Madre, junto a mi Padre, me disteis la vida; me tuviste en tus entrañas, aun teniendo carencias me alimentaste. Los latidos de tu corazón eran para mí como los rayos del Sol, siempre sentía tu calor y tus manos me calmaban cuando me agitaba.

―Los meses pasaban, los dos sabíamos que un día dejaría tu hogar para seguir creciendo en uno mayor y seguir construyendo el nuestro. No pensaste en ti en ese tiempo, tu deseo era que naciera fuerte y sano, te entregaste por completo a tan digna labor.

―Y así fue como un día vi la luz de este mundo. Un mundo que al igual que tú, ahora nos acoge a todos en sus entrañas; nos alimenta; nos cuida y nos ve crecer sabiendo que un día sentirá los dolores del parto. Dolores que vivirá con amor, pues sabe de nuestro deseo de seguir progresando y que una nueva vida es continuar con los lazos que nos unen y que nunca se separaran.

―Nuestra Madre siempre ira con nosotros allá donde vayamos. Adoptará un nuevo rostro al igual que nosotros y crecerá con nosotros, pues Ella y nosotros somos un solo ser.

―El momento del parto se acerca y el dolor no será más que un abrir y cerrar de ojos; es solamente el miedo ante la incertidumbre, el del abandono de la seguridad en el seno materno por un mundo nuevo a descubrir.

―Nada hemos de temer pues al igual que Ella, nuestro Padre nos cuida y está siempre con nosotros y en nosotros. No temamos al crecimiento, todo nuestro ser se expande pues ese es el deseo de nuestro Padre, nuestra Madre y el nuestro también.

―Cuando éramos niños queríamos ser como nuestros padres; descubrir nuevas tierras; encontrar respuestas a preguntas milenarias; ayudar a convertir el sufrimiento en gozo, dar un paso más en ese sentido hacia nuestra meta.

―Un impulso invisible nos empuja siempre hacia delante. Tomemos la antorcha que nuestros padres nos dan y no dejemos que nunca se apague la llama que nos ilumina el camino hacia el Reino de Dios. Ellos siempre irán con nosotros.

―Nuestro cuerpo cada vez será más glorioso y nuestro Espíritu gozoso de habitarlo.

Tras las palabras del Maestro, Pedro y María de Magdala se levantaron saliendo de la estancia, al poco volvieron con una sabrosa y sencilla cena preparada por María.

―¡Nada como el amor de una madre! —exclamó Juan.

Todos nos reímos.

14- Por las tierras de Judea

Escrito I
2ª parte EL AMOR


14- Por las tierras de Judea


Un nuevo día amanecía soleado.

Hoy abandonaría la ciudad de Jerusalén. Me desperté con un nombre en mi mente: Tabor. No lo dudé un instante, recogí mis pocas pertenencias que cabían en una pequeña mochila.

Me dirigí a la estación. El autocar estaba a punto de salir en su ruta hacia Nazaret. Por poco le pierdo pero… ya estoy sentado en él y dejando atrás una ciudad que siempre estará en mi corazón, a la que sin duda volveré.

Poco más de cien kilómetros separan ambos lugares, sin embargo unos acontecimientos les unen para siempre en mi alma: Tabor. El pasado vuelve a mí como si ahora estuviera ocurriendo…


El Maestro me despertó cuando los gallos aún no habían saludado el nuevo día.

—¡Juan, levanta! —me dijo en voz baja—. ¡Salimos de viaje, nos espera una larga jornada!

En poco tiempo me encontré junto a la puerta de la casa de José de Arimatea. Allí estaban Pedro, María y el Maestro esperándome.

—¡Vamos, dormilón! —entre risas me decía María—. ¡Toma este fardo, eres más joven y tienes buena espalda!

—¿Dónde vamos? —pregunté.

Nadie pareció escucharme. Nos despedimos de José, mientras el resto de la gran familia seguía durmiendo aún.

El Maestro salió a paso ligero. Tomé mi cayado y los tres le seguimos intentando alcanzarle. Enseguida dejamos atrás las últimas viviendas de Jerusalén, tomando el camino hacia el norte, el que lleva Samaria. Él redujo el paso y se lo agradecimos y al cielo también, pues unas nubes casi le cubrían por completo.


Pronto nos encontramos con una caravana procedente del valle de Hebrón con destino a Samaria y Esdrelón. El Maestro fue reconocido por algunos de sus integrantes, esto hizo que paráramos a descansar un poco y a compartir un ligero desayuno.

Nos pusimos al día sobre cómo estaba la situación en la ruta, dado que algunos la recorrían asiduamente en ambos sentidos. Parece que habría unos días de calma tras la detención de unos salteadores, así pues el recorrido sería seguro. Se discutía de la suerte de estos ladrones, todos parecían estar de acuerdo que murieran como castigo a sus desmanes.


El Maestro, que hasta entonces permanecía callado, dijo:

—¿Quién tiene la potestad de dar o quitar la vida sino el Dios que nos creó? Ningún ser humano tiene el poder de castigar con la muerte sin que acarree sobre sí una deuda que deberá saldar en el tiempo con el sacrificado.

—Ni quien robe o haga daño a otro vivirá en paz hasta que no se perdone a sí mismo, se reconcilie con él y restituya el daño que ha ocasionado.

—Todos hemos de encontrar la paz en nuestros corazones, perdonando y siendo perdonados.


Tras un largo mutismo, el Maestro se levantó exhortándonos a seguirle. Pronto dejamos atrás la caravana, aún escuchábamos en la lejanía las voces de la acalorada discusión que siguió al silencio.

El resto de la jornada transcurrió sin sobresaltos, llegando a la región montañosa del Sur de Samaria al anochecer. El Maestro nos veía agotados y a Él también se le apreciaba el cansancio.

Atrás quedaban las tierras de Judea.


Nos apartamos del camino y junto a unas rocas nos sentamos. María sacó de una bolsa pan ácimo y lo repartió. Aunque estábamos acostumbrados a comer austeramente, nuestro cuerpo nos lo agradecía.


—¡Gracias María! —le dijo Pedro.


María le sonrió. El Maestro repitió el gesto mirando a ambos. Parecía que el viaje les estaba sentando bien.

El día siguiente seguramente sería tan agotador como el de hoy, aunque no sabía el destino, intuía que se encontraba más allá de Samaria.


Enseguida el cansancio nos sumió a todos en un sueño profundo.
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