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lunes

ESCRITO II - EL CONOCIMIENTO: 1- La Palabra

Escrito II
EL CONOCIMIENTO


1 - La Palabra

“ … Su Luz nos envolvió y nos sumimos en un dulce sueño”.
Y en medio de la Luz que alumbró la noche de los tiempos una Voz escuché diciendo:

«Dios Padre.
Eterno Omnipotente.
Inmutable.
Inmanifestado.
Inmortal.
Perpetuamente Presente.
En su incognoscible meditación se preguntó: ¿Quién Soy?
Y en el Vacío no tuvo respuesta.
Quiso entonces Conocerse a sí mismo.

En el acto incomparablemente más sublime que cualquier ser creado pueda imaginar ÉL se negó a sí mismo y se entregó por completo a encontrar la respuesta.
Pronunció La Palabra y la Vida fue creada.
Así nació:
La Diosa revelada.
La Eterna cambiante.
La Madre del Universo, de todo lo conocido y lo cognoscible.
Y tanto amó Dios Padre a Diosa Madre que se hizo Uno con Ella.

Y del fruto de esa Unión nacieron dos Hijos gemelos, creados a imagen y semejanza de Ellos y poniéndoles por nombre:
VOLUNTAD a Él y AMOR a Ella.

Diosa Madre les regaló, para que vivieran y encontraran la respuesta, un Hogar: el Gran Universo.
Dios Padre les regaló todo su tiempo: la Eternidad.

Y les dijeron:
―Vivid siempre juntos y sed felices, amaos y creced, conoceos y multiplicaros. Porque conociéndoos y amándoos es como nos conoceréis y nos amaréis. Y sabiendo quienes sois, sabréis quienes somos.

VOLUNTAD DIVINA y AMOR SUPREMO se miraron, tomáronse de la mano aceptando los regalos de su Madre y su Padre.

VOLUNTAD DIVINA y AMOR SUPREMO emprendieron el viaje hacia el CONOCIMIENTO ABSOLUTO.
A su llegada al Hogar vivieron, y viven, en un Mundo perfecto en el centro del Gran Universo, cuyo eje gira sobre sí mismo en un eterno equilibrio, donde el tiempo y el espacio se unen. Alrededor suyo giraban siete Universos vacíos y desconocidos para ellos.

VOLUNTAD DIVINA y AMOR SUPREMO como resultado de su Voluntad y Amor se hicieron UNO y tuvieron siete Hijas y siete Hijos gemelos, creados a su imagen y semejanza. Les pusieron un nombre por cada pareja: Voluntad, Amor, Conocimiento, Armonía, Ciencia, Altruismo y Unificación.

A cada pareja les proporcionaron un Hogar, un Universo para que vivieran y descubrieran el significado de sus nombres.
Las siete parejas se trasladaron a vivir a los siete Universos alrededor del Mundo Central. Cada pareja en el transcurso del tiempo van amándose, creciendo, conociendo y siendo UNO. Engendraron diez Hijos por pareja, cinco Mujeres y cinco Hombres; llamados cada par: Tierra, Agua, Fuego, Aire y Espacio; en total setenta hijos.
Y los setenta, por parejas, cinco Hombres y cinco Mujeres, moraron en cinco mundos de su Universo respectivo. En total treinta y cinco mundos, en los que deberían encontrarse, amarse y conocerse, y ser al igual que sus Padres, un solo Ser.

Y en cada etapa de la Vida, a través del tiempo y el espacio los Hijos e Hijas se van encontrando y fecundando más Hijas e Hijos semejantes a ellos. Todos a la búsqueda y encuentro de sí mismos, de su par. Encuentro que sólo llega amando como hizo el Padre de los Padres: negándose a sí mismo; entregándose al otro como lo hizo Él, por amor a su par.

Por cada fusión, producido por el encuentro de un Hijo y una Hija de Dios, nace una estrella con sus mundos, que son habitados por sus Hijos e Hijas en una eterna y creciente espiral de la Vida.
Cada vez son más los mundos habitados dentro de los Universos.

Y en la voluntad de cada uno está el encontrarse con su par y responder juntos a la pregunta: ¿Quién soy?
Y Dios Padre, Diosa Madre y Dios Hija-Hijo son UNO».

Quien tenga oídos para oír que oiga.

domingo

11- Todo tiene su tiempo y su momento

Escrito I
2ª parte EL AMOR


 11- Todo tiene su tiempo y su momento


Paseando por los restos del Templo, lo que hoy llamamos el Muro de las Lamentaciones volví al pasado, siglos atrás…


Dentro del Santuario del Templo el Maestro se sentó y nos invitó a seguirle en su actitud. En silencio permanecimos un tiempo hasta que de pronto unos sacerdotes, fariseos y saduceos, vociferaban discutiendo acalorados sobre sus diferentes creencias sobre la inmortalidad del alma; ya nada les importaba, ni siquiera el lugar en que se encontraban. El Maestro les observó en silencio, se levantó y salió del Templo, algunos le acompañamos y otros se quedaron escuchando a los sacerdotes.


Dejamos el Templo atrás y atravesando varias callejuelas llegamos a las afueras de Jerusalén. José de Arimatea, ―miembro destacado del Sanedrín y seguidor de las enseñanzas del Maestro muy a pesar de la inmensa mayoría de sacerdotes―, nos esperaba frente a su morada. El Maestro se adelantó fundiéndose con él en un efusivo abrazo, nos pidió adentrarnos en su casa y así lo hicimos. Su vivienda era muy amplia, hecha con piedra caliza, sin adornos.


Llegamos a una estancia superior desde donde contemplamos los campos repletos de olivos y los montes cercanos al oriente de la ciudad. María de Magdala se alegró al vernos y yo aún más, no esperaba encontrarla aquí, la creía junto a sus hermanos en su aldea natal. Pero los designios del Maestro son a veces inescrutables. Tras los saludos nos sentamos, José nos tenía preparado un banquete como si de una boda se tratara. Las mujeres andaban como locas, atareadas de un lado a otro llevando los manjares.


Cuando hombres y mujeres estábamos sentados, el Maestro llamó a María y le dijo:

—¡Siéntate aquí a mi lado y junto a Pedro! Bien es sabido de vuestras desavenencias y os quiero más unidos que nunca. No como están los sacerdotes que han olvidado su verdadero papel entre los hombres y mi Padre, sólo se preocupan de su parcela de poder en la Tierra y quién tiene más fieles seguidores de “su” verdad.

—La razón —continuó—, no está en posesión de nadie como tampoco la verdad. Cada uno tenéis vuestra pequeña parcela de verdad que hoy os es útil, pero no dejéis que se endurezca y se convierta en una pesada piedra que os impida avanzar; es sólo una herramienta como la azada de un labrador, que le sirve para abrir surcos en la tierra con ella, después la dejará y con sus manos la sembrará. Todo tiene su tiempo y su momento.

—Pedro, el hombre no se salva por su fe solamente, por su creencia en un Dios externo. Como tampoco, María, el hombre sólo se salva por su autoconocimiento, es uniéndoos como le encontraréis. Dios, nuestro Padre, está tanto dentro de cada uno de nosotros como fuera; en todo lo que veis y conocéis como en lo desconocido.

—Si dejáis que la balanza se incline en demasía por un lado, crearéis un Dios lejano e inalcanzable y sumiréis en la eterna ignorancia y dependencia a vuestros hermanos y hermanas. En cambio si le inclináis en exceso al otro lado haréis un Dios sólo para unos pocos iniciados y elegidos, la inmensa mayoría de la humanidad se quedará fuera y buscará otros dioses que les suplan su orfandad.


Por un momento volví al presente, el recuerdo de estas palabras al ver al fondo el Monte de los Olivos me hacía comprender con tristeza qué reales eran sus advertencias y no las supimos ver con claridad.

Vivimos en la actualidad en un mundo dividido en millones de parcelas de pequeñas verdades. Cada uno percibiendo la nuestra como la única, la verdadera, y siendo capaces de defenderla hasta con nuestra vida si fuera necesario. No tengo más que girar la cabeza y ver en que se ha convertido hoy Jerusalén: un símbolo de la división de religiones, culturas, de hermanas y hermanos.

Triste destino el que estamos viviendo, pero no es tarde. Las voces de quienes clamaban en el desierto se han adentrado en las ciudades. Y en silencio, como un ladrón en la noche, entran en cada morada instalándose, esperando con paciencia el suave despertar, el amanecer de un nuevo día.


Todo tiene su tiempo y su momento.

8- La hora del viento

Escrito I
2ª parte EL AMOR


8- La hora del viento


Amanece en el desierto. La oscuridad va dejando paso a la luz del alba.

El frío de la noche se aleja, dejando una estela de rocío sobre las pocas plantas que se atreven a crecer en esta inmensidad encantada.

Un pequeño escarabajo despierta haciendo un surco bajo la arena

comenzando su diaria tarea en búsqueda de alimento.


Poso mis manos sobre la fina arenisca, las lleno de ella elevándolas al cielo; abriéndolas y dejando la arena caer cual reloj sin tiempo que marcar, sus diminutas partículas se esparcen llevadas por el viento, lejos, no importa dónde.

Los primeros rayos comienzan a perderse en el horizonte, pronto

el rey Sol se dejará ver en todo su esplendor.


Sumido en la contemplación del bello espectáculo de un nuevo día, único, irrepetible, unas palabras resurgen en mi corazón:

«Yo envío delante de mí a mis hermanos, allanad el camino de mi vuelta, os traigo lo que os prometí».

«Ven, conmigo ven, llegó la hora del viento».
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