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lunes

17 (alfa)- El Monte Tabor

Escrito I
2ª parte EL AMOR

17 (alfa)- El Monte Tabor


Tras el lento y tortuoso recorrido desde Jerusalén la llegada del autocar a Nazaret se produjo sin problemas. Me alojé en el albergue San Gabriel, junto a la iglesia del mismo nombre. Las vistas de la ciudad eran preciosas desde esta colina. El monte Tabor se alzaba al Este, esplendoroso, a poco más de diez kilómetros.

Después de un tentempié me dirigí al recepcionista, le pregunté cómo ir al monte Tabor. Llegué en el momento adecuado, justo un grupo de peregrinos salía en autocar hacia él, así que me apunté a la “excursión”.

Desde la cima del monte la panorámica era preciosa, inmensos valles pincelados de verdor arropados por un cielo azul majestuoso. La planicie del cerro llamaba al recogimiento con sus bellos y sencillos jardines, se distinguía la mano de los franciscanos en su cuidado.
Entré en la Basílica, su piedra caliza le unía firmemente a la tierra y como si fuera una prolongación de ésta se elevaba uniéndose al cielo. Me senté a orar. Destacando en una cúpula frente a mí la imagen del Maestro, su aureola atrajo mi atención y me llevó a otro tiempo…

El Maestro ya no estaba con nosotros, me encontraba orando como Él nos había enseñado: “Abbá…”

Sumido estaba en mi dolor y soledad cuando sin saber cómo me sentí arrebatado del mundo que me rodeaba, vi al Maestro a unos pasos de mí rodeado por una aureola de luz dorada, permanecía inmóvil y en silencio. Entonces su Ser se iluminó y ante mis ojos apareció una paloma blanca revoloteando, ésta acabó posándose frente a mí.

Una Voz tierna y compasiva exclamó:

—¡Ofrécele tu sufrimiento!

Pensé en todo aquello que me tenía sumido en un estado de impotencia y consternación. Mi vida era una constante búsqueda del amor y me sentía completamente perdido sin saber qué hacer ni dónde ir, ya nada tenía sentido para mí. Lentamente unas lágrimas brotaron de mis ojos cayendo sobre mis manos.

—¡Bríndale tus manos!

Las extendí ante la paloma. Mis lágrimas se convirtieron en granos de trigo, ésta se acercó y se los comió.

—¡Juan! ¡Has llegado a la cumbre! ¡Te entrego mi Espíritu!

La paloma puso un pequeño huevo blanco.

―¡Trágatelo! —exclamó la Voz con firmeza. Así lo hice.

―¡Dale calor y cuídale con tu amor!

―¡Deja que crezca dentro de ti hasta que eclosione!

―¡Aliméntale con tus obras hasta que podáis echar a volar siendo Uno!


Seguidamente surgieron ante mí rostros de niños, jóvenes y ancianos.

—¡Todos ellos eres tú!

Me llamó por mi verdadero nombre, un nombre que no puedo pronunciar.

—¡Toma el Libro de la Vida y escribe en Él palabras de Amor y Verdad!

La paloma abrió las alas y emprendió el vuelo. Volví a ver al Maestro. Me sonrió y desapareció…


Una monja se me acercó:

—¡Hermano, es la hora de cerrar el templo!

Me levanté y salí estando entre dos universos.


Me senté ante las ruinas de la muralla, junto a la puerta llamada "Bab el-Hawa" —puerta del viento—, a contemplar una puesta de Sol única.

Todo era quietud y silencio.





16- Maayane la samaritana

Escrito I
2ª parte EL AMOR


16- Maayane la samaritana


Llegamos a Sicar, un oasis en el desierto que ya estábamos necesitando.

Los últimos rayos del Sol se perdían en el horizonte.

Una posada a la entrada de la aldea nos sirvió de refugio ante una noche que se prometía fría, los vientos del norte soplaban intensamente desde hacía unas horas.

Exhaustos caímos sobre los lechos que el posadero nos había preparado, aunque un poco incomodado éste por la presencia de una mujer entre nosotros. Mas el Maestro zanjó la cuestión con rapidez, con voz tajante le dijo:

—Ella es antes que yo. Donde ella va voy yo. Donde ella está estoy yo.

El posadero no supo que contestarle y se alejó refunfuñando.

El sueño nos venció rápidamente…

El tercer día desde que salimos de Jerusalén amaneció como se fue el anterior, el viento seguía soplando con fuerza. Decidimos esperar a que amainara, aprovechamos para ver a una vieja amiga del Maestro: Maayane.

Nos dirigimos a su hogar en las afueras, cerca del pozo de Jacob.

Allí estaba, preparando el pan cuando nos vio aparecer. Salió corriendo hacia el Maestro. Se detuvo ante Él, unas lágrimas caían por sus mejillas y en su intención de arrodillarse, Éste le dijo:

—No te arrodilles mujer, pues tú y yo somos hijos del mismo Padre, hermanos, iguales a los ojos de Dios y ante los hombres.

El Maestro le besó en la frente y nos presentó como a sus hermanos.

Nos invitó a entrar en su humilde casa y compartir el pan que preparaba. Así lo hicimos.

Juntos recordaron la conversación que en una ocasión mantuvieron.

Maayane parecía vivir feliz a pesar de su pobreza, hacia honor a su nombre: “Manantial… de alegría”. La alegría de quien se siente en las manos de Dios, de quien sabe que tras una larga búsqueda por fin ha encontrado aquello que tanto deseaba: la paz en su alma.


En su vida, sencilla y dura —por lo que ella misma nos había revelado—, las vicisitudes y penurias le habían enseñado que la humildad es un don que difícilmente se adquiere cuando el corazón está distraído donde la abundancia material mora.


—Tuve momentos de desesperación —nos confesó— cuando me sentía rechazada por las demás mujeres y codiciada como un objeto por los hombres. No quería vivir, me sentía que valía menos que una piedra del camino. Fue entonces cuando en mi más profunda desmoralización rogué al Dios de Abraham y de Jacob que me ayudara.

—Estaba junto al pozo cuando se acercó el Maestro. Nada sabía de Él. Me habló de lo que nadie sabe sobre mi vida, de las intenciones que tenía de acabar con mi sufrimiento. En un instante mi vida cambió, fue como si un rayo de luz me hubiera sacado de la oscuridad en la que vivía. Me devolvió la dignidad que creí perdida para siempre.

—Yo le ofrecí agua del pozo de mis antepasados y Él me dio a beber de un agua nueva, del manantial de agua Viva que nunca se seca.


Nos despedimos de Maayane, con la promesa de que nos volveríamos a encontrar. Nos ofreció alimentos para el camino que el Maestro aceptó con agrado. Él sabía que a pesar de su pobreza no podría rechazarlos, era la pureza de su corazón lo que compartía.


En poco tiempo estábamos lejos de Sicar, camino del norte. Nuevamente los montes desérticos serían nuestra compañía durante parte del recorrido.

Evitamos las pequeñas poblaciones que nos encontrábamos pues el Maestro pretendía que llegáramos antes del anochecer a tierras galileas. Cada vez los valles eran más extensos y esto nos facilitaba la marcha.

Eludimos la aldea de Beth Haggan al atardecer, el aroma de sus tierras fértiles me recordaban la infancia junto al mar de Galilea.

Una choza de labradores junto a una gran encina apartada del camino nos sirvió de cobijo.

La noche estaba extrañamente luminosa. La Luna comenzaba a alzarse imponente en el horizonte sobre las montañas al este del Jordán, su contorno era casi perfecto.


María de Magdala, nos confesaba que le había impactado la dura vida de Maayane la samaritana, su fortaleza a pesar de los golpes que había recibido en ella y cómo cambió su vida.


—¡Cómo cambia la vida de todos los que nos acercamos a Él! —en alto pensé.


El Maestro sonrió. Se alejó un poco de nosotros, quedándose en pie contemplando el cielo nocturno. Los demás nos tumbamos, con la mirada en las estrellas.


—¡Qué grande es el Universo! —exclamó Pedro.

—¿Estaremos solos en Él? —se preguntaba María.


La cantinela de una chicharra hizo que permaneciéramos en silencio. Posiblemente nos estaba cantando la respuesta.

15- Pedid al Padre

Escrito I
2ª parte EL AMOR


15- Pedid al Padre


La Tierra no se detuvo y el alba de un nuevo día llegó. Abrí los ojos, vi a María y a Pedro junto al Maestro sentados con la mirada perdida, con un gesto me pidió que me acercara a ellos, así lo hice, parecía que me esperaban.


Entonces el Maestro comenzó a hablar:

—Cuando os encontréis desanimados o alegres; alterados o tranquilos; sin rumbo o con esperanza; en cualquier estado de ánimo o actitud mental: buscad un tiempo en soledad, no importa donde, ni a qué hora, si al alba o al anochecer. Entonces en silencio, en voz baja o en alto, orad así: “Abbá”… Y hablad con el corazón, con verdad. Expresaos con humildad.

―Compartid vuestro dolor, vuestro llanto y desesperación si así lo necesitáis. Entregádselo a Él y os lo devolverá convertido en Luz y Esperanza.

―Tened por seguro que Él os escucha y no caen en saco roto vuestras súplicas.

―No le pidáis por vuestras necesidades materiales, pedidle por vuestras carestías espirituales.

―Y dadle siempre gracias y amad a vuestros hermanos.

―Porque, en verdad os digo, sólo el Amor podrá satisfaceros plenamente.


Finalizó diciendo:

—Ahora os dejo en vuestro silencio, después empezaremos a caminar hacia nuestro destino…


Nos quedamos una vez más callados y sumidos en nuestros pensamientos.


Al poco emprendimos camino entre montañas. El buen tiempo nos acompañaba otra vez y un ligero viento nos hizo así más llevadera la travesía por estas áridas tierras.


Recordé las palabras del Maestro: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y que me siga”.


—Sí —dijo el Maestro—, es necesario renunciar a nuestra pequeña vida personal si deseamos alcanzar la verdadera paz, la que nace tras el sacrificio de nuestro ego.

—Ahora vives en una encrucijada, un cruce de caminos y has de elegir si seguir siendo el que eres, envuelto en tus dudas y temores a merced de las mareas de tus pensamientos y sentimientos, donde tu pequeño yo es quien importa o, tomar el timón de tu vida y conducirte a las cálidas tierras de mi Padre.

—Sí así lo deseas puedes seguir conmigo y atravesar estas tierras, este desierto, como ahora lo estás haciendo. No sabes adónde vas. Únicamente conoces tu vida pasada, te aferras a ella como si fuera lo más importante, sin embargo aún no sabiendo el por qué, confías plenamente en mí. No pienses que dejas de existir, nada más lejos de la realidad. El único que muere es el ser aislado que vive en ti, para dar paso a un hombre nuevo donde la palabra Amor cobra su auténtico sentido.

—El Amor se identifica con todos y con todo, nada queda fuera de Él, pues Él es la Vida, lo único que de verdad existe.

—O tomas el camino de regreso a Jerusalén, donde las leyes, con sus normas, premios y condenas te seguirán atando. Hasta que un día te vuelvas a preguntar: ¿por qué permanezco esclavo de mi mismo?... Y vuelvas a pedir ayuda a tu Padre.

—Hoy es el tiempo que has elegido para liberarte y los cielos se conjugan para que así sea. Tú tienes la última palabra.

Entonces —preguntó María—, ¿por qué vivimos sumidos en el caos que produce el sufrimiento cuando podemos vivir en paz y armonía?


Él contestó:

—Porque nacimos libres y vivimos las consecuencias de esta libertad. Aprendemos de nuestras experiencias, errando y acertando nos hacemos a nosotros mismos. Cada uno somos únicos y nadie puede hacer el trabajo por nosotros.

―Elegimos estar viviendo en un profundo sueño o despertar de él.

―Somos como esta planta —señaló un matorral—. Eligió el desierto para vivir, en él encuentra su sustento, no obstante el viento le trae aromas de otras tierras y le recuerda que un día las lluvias también le pueden alcanzar sólo con pedirlo.


Pedro le preguntó: ¿Y cómo evitamos el sufrimiento?


—Los deseos que te atan a la carne —siguió expresando el Maestro—, no los evites. ¡Aprende a ennoblecerlos y pon tu mente al servicio de tu alma y no al revés! ¡Y tu alma al servicio del Espíritu!

―No os hablo de una entelequia, una ficción. Os hablo con la misma fuerza que creó el Sol y las estrellas, la Tierra y a todos los que la habitamos.

―Pedid al Padre y os dará, buscad su Reino y le encontraréis.


Sus palabras nos conmovieron profundamente y al unísono le dijimos:

—¡Elegimos despertar!


Unas carcajadas salieron de los cuatro y nos abrazamos, el Maestro de pronto salió corriendo gritando:

—¡Agarradme si podéis!


A pesar de ser de mayor edad que el resto no le alcanzamos. Nos dimos por vencidos y proseguimos andando, silbando, alegres. María cantaba una vieja canción de cuna.

―¡Qué lejos queda la infancia! —dijo Pedro.

—¡Correcto! ¡Estamos creciendo! —contestó el Maestro.


La ciudad de Sicar asomaba en el horizonte. Hoy la jornada pareció más corta, quizás la alegría rebosante que nuestras almas desprendían tenía algo que ver tras las palabras que no dejaban de resonar: “Pedid al Padre…”

13- El rostro de un niño

Escrito I
2ª parte EL AMOR


13- El rostro de un niño


El griterío de los niños me retornó una vez más a la vivienda de José de Arimatea. Esa mañana el tiempo parecía haberse detenido…


Unos niños entraron al patio de la casa corriendo y saltando, María les conminó a estarse quietos, ninguno parecía hacerle caso e incluso comenzaban a gritar.

Se giró el Maestro hacia ella diciendo:

—¡María! ¡Déjalos que jueguen!

Se levantó y se puso a corretear con ellos.


Estábamos varios discípulos observándoles en silencio.

Yo no paraba de pensar en sus últimas palabras: “Muchos rostros has de mostrar…un solo Espíritu les alienta”. ¿Qué querría decir?


El Maestro se volvió hacia mí sin dejar de jugar, pareció leerme el pensamiento.


—¡Juan! —exclamó—. Observa a los niños, sus rostros van cambiando según van creciendo; llegarán a ser hasta irreconocibles si durante un largo tiempo no les ves; irán reflejando la madurez de sus almas, sus cicatrices, sin embargo el mismo Espíritu les habitará. Mas no dejes de mirarles a los ojos, sabrás reconocerlos, pues son el contacto de dos mundos que viven en uno sólo.


Continuó señalando:

—¡Fíjate en sus almas inocentes, limpias! Aun así, en ellas llevan latente el conocimiento adquirido. El grado de amor que sienten es innato en ellos. Son las lecciones aprendidas con otros rostros en otros caminos recorridos. Nada se pierde para el Espíritu que les alienta.

—Mi Padre nos hizo semejantes a Él, eternos. Y eterno es el aprendizaje de sí mismo.

—El rostro del Hijo es el rostro del Padre, porque Uno es su Espíritu e infinitas sus manifestaciones. Cuando yo me vaya al Padre, algunos de vosotros permaneceréis aquí y tendréis nuevamente rostros de niñas y niños, de mujeres y hombres. Subiréis con cada rostro que mostréis un peldaño en la escala que os conduce a mi Padre, a vosotros mismos.


—¡Rabí! —le pregunté―. ¿Cómo sabremos qué hacer, qué itinerario tomar? Tú nos hablas con sabiduría, y sin embargo, nosotros nada sabemos.

Sonrió. ¡Siempre su eterna sonrisa! Me desconcertaba, me sentía como una partícula de arena en el desierto.

Prosiguió:

—¡Pequeño Juan! ¡Confía! Su Espíritu permanecerá en vosotros y sabréis cómo actuar en cada momento. Recordad quienes sois en realidad, sólo debéis amar y recordar.

—La Presencia Divina os irá iluminando según os vais desprendiendo de la herrumbre que os cubre.

—La oscuridad, la sombra, es sólo una ilusión, pero eso has de descubrirlo por ti mismo.

—Debes volver a ser un niño otra vez, porque sólo en los niños y en los que son como ellos se encuentra pura su Presencia.

—Nunca perdáis la sonrisa y la alegría del niño que lleváis dentro.


Con un chiquillo a hombros el Maestro conminaba a los demás niños a alcanzarle. Parecía completamente ajeno a la situación del mundo en que vivíamos, a la seriedad del peligro que corría y nosotros con Él. Sin embargo sólo lo parecía, una vez más me leía mis pensamientos.


Me miró y dijo:

—Nada temáis, nada ocurre bajo la capa del cielo sin que lo permita nuestro Padre, si yo quiero que algunos de vosotros permanezcáis, estáis cumpliendo su Voluntad. Ésta la aceptaréis libremente pero antes habréis de morir para el mundo. Yo os enseñaré el camino, vosotros le habréis de andar. Volveréis a nacer no sólo de la carne y la sangre sino en Espíritu.


Una vez más debía tomar aliento, el recuerdo de sus palabras me dejaban aturdido y siempre me recalcaba: “Confía”.

Sin lugar a dudas confiaba en su Palabra. Me demostró sin vacilación la certeza de la realidad de la que nos hablaba a lo largo del tiempo vivido.

El que fue al Padre no dejaba de insistir en que permanecería con nosotros, y así lo cumplió, ya que realmente nunca se fue.

domingo

12- María de Magdala

Escrito I
2ª parte EL AMOR


12- María de Magdala


El día amaneció caluroso en Jerusalén. En el hotel el aire acondicionado brillaba por su ausencia, nada parecía funcionar, quizás la metralla de la bomba que un suicida palestino explotó el día anterior afectó la instalación eléctrica. La sangre inocente seguía derramándose a cuentagotas un día sí, otro también.

Me asomé al balcón esperando que alguna ráfaga de viento desviara su camino y me refrescara. Un rayo de luz me deslumbró. Mi mente recorrió en un instante los casi dos mil años que me separaban de otro tiempo, otra Jerusalén, otra morada…


Desde la ventana de la estancia donde dormimos vi al Maestro en el patio interior de la vivienda de José de Arimatea. Un viejo olivo en el centro y un pozo era todo lo que había en él. Extraía agua María. El Maestro contemplaba en silencio sentado junto al olivo la escena, ella se le acercó con un cántaro lleno de agua:

—Rabí —le preguntó con su cálida voz—, ¿quieres un poco?

—Sí —le contestó Él—, hoy va a ser un día caluroso. La primavera está cercana y el Sol nos está bañando con su luz cada vez con más intensidad, nada le detiene en su viaje celestial.


Absorto les observaba. ¡Cuántas palabras se vertían sobre ellos sin conocimiento! Sí, era cierta la pasión que ella profesaba por la figura del Maestro, pero no difería en nada por la que otros también sentíamos por Él. Sólo algunas envidias generaban falsos rumores. Aquellos que no veían con buenos ojos que tratara el Maestro por igual a hombres y mujeres no dejaban pasar ocasión de manifestarlo públicamente. Él nos ama a todos por igual, sin ninguna distinción.

El Maestro nos conocía aún mejor que nuestros padres, sabía de nuestras debilidades y nos trataba con sumo cariño y respeto. Era paciente y no dejaba de decirnos que en cada uno de nosotros estaba en plenitud la grandeza del Universo. Claro que, no todos lo interpretábamos del mismo modo, nuestras personalidades a veces hacían que la humildad que Él nos solicitaba tan encarecidamente, no surgiera.


—¡María! ¡Descansa un poco y siéntate! —exclamó el Maestro―. Te vengo hablando con insistencia de los planes de mi Padre para con vosotros, tú especialmente tienes un papel muy importante en sus designios. El hombre lleva siglos gobernando con mano dura, imponiendo sus criterios y en la mayoría de las ocasiones anulando la sensibilidad, la belleza y la intuición que vosotras representáis. Aún queda mucho tiempo para que este desequilibrio termine, pero la semilla está plantada y sin ninguna duda germinará en su momento. Debes conservar, generación tras generación, hasta mi vuelta, la verdad que vive adormecida en ti.


—¡Rabí! ¿Dónde vas? ¿Nos abandonas? —Con preocupación preguntó María.

—Nada has de temer —sonriente le contestó―. Aunque no me veas, siempre estaré a tu lado y al lado de todas tus hermanas y hermanos. En la Casa de nuestro Padre ya están preparados los aposentos que por derecho os corresponden, nadie puede arrebatároslos.

—Los ciclos del Sol como los de las demás estrellas hay que respetarlos. Ten por seguro que la balanza se inclinará una vez más a vuestro favor y la humanidad abrirá unos pétalos más de la flor en la que os estáis convirtiendo, la más bella flor del Paraíso. Vuestras cualidades femeninas harán bien su trabajo. No lo dudes. Y después, en una armonía que nunca conoció este mundo, trabajaréis al unísono para expandir la Verdad y el Amor por el Universo. Mas antes, muchos rostros has de mostrar, pero no olvides que tras ellos un solo Espíritu les alienta, nuestro Padre vive en Él por siempre. No lo olvides María de Magdala.


Embelesado continué contemplándoles. María, con su cabello moreno al descubierto; su estatura algo superior a la media; su belleza exterior reflejando la interior, con una fuerte personalidad. Era su humildad lo que más destacaba en ella, se apreciaba que en el norte la mujer estaba mejor considerada que aquí en Jerusalén. Y Él con su túnica de lino blanco…

Llenaban de paz el lugar. No dejaba de escuchar con suma atención las palabras que el Maestro le comunicaba a María. Muchas preguntas se agolpaban en mi mente, pero no era tiempo de interrogaciones sino de vivir con intensidad cada instante junto a ellos. Él nos iba dando con sutileza y sabiduría aquello que necesitábamos en cada momento, nunca dejó de hacerlo.


Una brisa de viento helado me erizó el bello. ¡Por fin el aire acondicionado funcionaba! Me trajo a la realidad de otro tiempo, el actual. ¡Cuánta verdad y sabiduría en su Palabra! Ésta, se iba cumpliendo a través de los tiempos, pues los pétalos de la flor al calor del Sol del Padre están mostrando, aún tímidamente, el fruto que encierra, mas su perfume se extiende inexorablemente por toda la Tierra alterando el desequilibrio de siglos y siglos de oscuridad.

¡La oscuridad está desapareciendo en la Luz que la creó!


Y en la calle unos niños, judíos y palestinos, juegan juntos con una pelota ajenos por completo al mundo que les rodea, son el futuro…



11- Todo tiene su tiempo y su momento

Escrito I
2ª parte EL AMOR


 11- Todo tiene su tiempo y su momento


Paseando por los restos del Templo, lo que hoy llamamos el Muro de las Lamentaciones volví al pasado, siglos atrás…


Dentro del Santuario del Templo el Maestro se sentó y nos invitó a seguirle en su actitud. En silencio permanecimos un tiempo hasta que de pronto unos sacerdotes, fariseos y saduceos, vociferaban discutiendo acalorados sobre sus diferentes creencias sobre la inmortalidad del alma; ya nada les importaba, ni siquiera el lugar en que se encontraban. El Maestro les observó en silencio, se levantó y salió del Templo, algunos le acompañamos y otros se quedaron escuchando a los sacerdotes.


Dejamos el Templo atrás y atravesando varias callejuelas llegamos a las afueras de Jerusalén. José de Arimatea, ―miembro destacado del Sanedrín y seguidor de las enseñanzas del Maestro muy a pesar de la inmensa mayoría de sacerdotes―, nos esperaba frente a su morada. El Maestro se adelantó fundiéndose con él en un efusivo abrazo, nos pidió adentrarnos en su casa y así lo hicimos. Su vivienda era muy amplia, hecha con piedra caliza, sin adornos.


Llegamos a una estancia superior desde donde contemplamos los campos repletos de olivos y los montes cercanos al oriente de la ciudad. María de Magdala se alegró al vernos y yo aún más, no esperaba encontrarla aquí, la creía junto a sus hermanos en su aldea natal. Pero los designios del Maestro son a veces inescrutables. Tras los saludos nos sentamos, José nos tenía preparado un banquete como si de una boda se tratara. Las mujeres andaban como locas, atareadas de un lado a otro llevando los manjares.


Cuando hombres y mujeres estábamos sentados, el Maestro llamó a María y le dijo:

—¡Siéntate aquí a mi lado y junto a Pedro! Bien es sabido de vuestras desavenencias y os quiero más unidos que nunca. No como están los sacerdotes que han olvidado su verdadero papel entre los hombres y mi Padre, sólo se preocupan de su parcela de poder en la Tierra y quién tiene más fieles seguidores de “su” verdad.

—La razón —continuó—, no está en posesión de nadie como tampoco la verdad. Cada uno tenéis vuestra pequeña parcela de verdad que hoy os es útil, pero no dejéis que se endurezca y se convierta en una pesada piedra que os impida avanzar; es sólo una herramienta como la azada de un labrador, que le sirve para abrir surcos en la tierra con ella, después la dejará y con sus manos la sembrará. Todo tiene su tiempo y su momento.

—Pedro, el hombre no se salva por su fe solamente, por su creencia en un Dios externo. Como tampoco, María, el hombre sólo se salva por su autoconocimiento, es uniéndoos como le encontraréis. Dios, nuestro Padre, está tanto dentro de cada uno de nosotros como fuera; en todo lo que veis y conocéis como en lo desconocido.

—Si dejáis que la balanza se incline en demasía por un lado, crearéis un Dios lejano e inalcanzable y sumiréis en la eterna ignorancia y dependencia a vuestros hermanos y hermanas. En cambio si le inclináis en exceso al otro lado haréis un Dios sólo para unos pocos iniciados y elegidos, la inmensa mayoría de la humanidad se quedará fuera y buscará otros dioses que les suplan su orfandad.


Por un momento volví al presente, el recuerdo de estas palabras al ver al fondo el Monte de los Olivos me hacía comprender con tristeza qué reales eran sus advertencias y no las supimos ver con claridad.

Vivimos en la actualidad en un mundo dividido en millones de parcelas de pequeñas verdades. Cada uno percibiendo la nuestra como la única, la verdadera, y siendo capaces de defenderla hasta con nuestra vida si fuera necesario. No tengo más que girar la cabeza y ver en que se ha convertido hoy Jerusalén: un símbolo de la división de religiones, culturas, de hermanas y hermanos.

Triste destino el que estamos viviendo, pero no es tarde. Las voces de quienes clamaban en el desierto se han adentrado en las ciudades. Y en silencio, como un ladrón en la noche, entran en cada morada instalándose, esperando con paciencia el suave despertar, el amanecer de un nuevo día.


Todo tiene su tiempo y su momento.

10- El Templo de Jerusalén

Escrito I
2ª parte EL AMOR


10- El Templo de Jerusalén


El camino hasta Jerusalén transcurrió con relativa calma, los controles del ejército israelí hacían que la puntualidad no fuera más que una bonita palabra en el tablón de horarios de la estación de autobuses.

Otro ejército aparecía en mi mente, soldados romanos vigilaban la calzada observando a todos los que nos aproximábamos a Jerusalén. Aunque esos días éramos tantos los que nos acercábamos que no podían impedir que los “enemigos” de Roma entráramos con facilidad.

Hoy, palestinos y judíos, transitan recelosos unos de otros, el “veneno” del odio está inoculado en cada uno de ellos. Cada gesto, cada movimiento les delata. El miedo parece gobernar la Ciudad Santa. Algunos políticos y dirigentes religiosos han hecho a la perfección su labor en ambos bandos. Se respira un ambiente de calma tensa, frío y desolador.

¡Cuántas palabras pronunciadas en nombre del amor y la verdad con el único objetivo de tener dominado a un pueblo, adormecido, sojuzgado!

¡Cuánto disfraz bajo el nombre de la justicia para no querer reconocer la igualdad de todos los habitantes de esta tierra, donde nadie es realmente superior ni inferior a nadie!

Transitamos por las calles empedradas, los puestos apostados a ambos lados ofrecían sus mercancías, el griterío era constante. En aquella ocasión no estaba solo, varios amigos me acompañaban y el Maestro nos esperaba. Sabíamos que el Sanedrín se reuniría. Roma estaba nerviosa pues el imperio en oriente no iba todo lo bien que esperaban, levantamientos contra su opresión ocurrían cada poco tiempo, había que atajar el problema de raíz.

Allí estaba Él, esperándonos junto a la fuente, aún sentado destacaba por su altura y porte. Nos saludamos efusivamente, un abrazo dado con corazón, el reencuentro de viejos amigos.

―¡Vamos! exclamó Él con voz firme.

Tras recorrer varias callejuelas llegamos a la plaza central frente al Templo, subimos por la escalinata que nos adentraba en su patio. En él todos podíamos acceder, judíos y gentiles; la vida de éste era agitada en el Sabbat, el espectáculo era a veces deprimente; si fuera había puestos, dentro no cabía una aguja, todo se vendía y todo se compraba.

El Maestro se detuvo mirando con tristeza a su alrededor. ¡Continuemos! Esta vez su voz estaba apagada, su corazón permanecía turbado.

Le pregunté:

—¿Rabí, por qué permiten que esto ocurra en tierra sagrada? ¿No habría que echarlos de aquí como fuera, aunque sea a empujones y latigazos?

—Dejadles —dijo el Maestro— que ellos se ahoguen en su propia agua.

El Maestro continuó en silencio hasta el edificio del Templo, aquí ningún extranjero podía pisar, se sentó y nosotros a su alrededor. Me miró, sus ojos estaban vidriosos y, tras un silencio en que Él sólo sabe qué ocurre en su interior, comenzó a hablar diciendo:

—Nunca empleéis la violencia ni aún con aquel que te ha arrebatado tu Hogar, ninguna causa es tan importante que justifique su uso. Pues aquel que emplea la espada y lastima a su hermano, no basta con que le pida perdón, si éste no se perdona a si mismo vivirá en un infierno aquí en la Tierra. Si no lo hace así su corazón se convertirá en una dura roca. Entonces atraerá para sí lo que mal llamáis infortunio, desgracias, cuando sólo son el medio que el Espíritu emplea para ablandar y volver a hacer de carne y sangre su corazón, de luz y fuego su alma.

—Si permites que tu Templo sea ocupado por la codicia, la avaricia, la soberbia, la mezquindad, el egoísmo. Si dejas que los mercaderes del Templo se adueñen de tu Hogar y te arrojen fuera de él. ¿Qué quedará de ti? ¿A dónde irás?

—Tu Hogar, tu Templo, es la Casa de mi Padre, os fue dada para que hicierais de ella el lugar donde se reúnen el Cielo y la Tierra.

Se levantó y llevándose las manos al corazón, miró al Santuario del Templo y continuó:

—Sólo el Amor tiene cabida en la Casa de mi Padre. Todo vuestro ser, desde los pies hasta el último cabello tienen la misma importancia para Él.

—En cada uno de sus hijos dejó una semilla que debéis cuidar, dejar crecer y madurar. Su Espíritu espera pacientemente este momento, entonces se cumple su promesa de liberar a su pueblo de la esclavitud y os convertís en su Santuario Vivo, en la Tierra Prometida, la Nueva Jerusalén.

Nos quedamos sin palabras, nada podía salir de nosotros más que un sentimiento indescriptible. Miré a mi alrededor y un inmenso gentío nos rodeaba en silencio, entonces el Maestro se introdujo en el Santuario para orar al Padre, nos pidió que le acompañáramos y así lo hicimos.

9- El Mar de Galilea

Escrito I
2ª parte EL AMOR


9- El Mar de Galilea


Llegó el atardecer tras una larga jornada caminando por las tierras de Galilea. Mis pies cansados me llevaron a la orilla de un mar que me traía viejos recuerdos…


La chiquillería, alborotada tras la llegada de los pescadores con la recompensa de una jornada bajo un sol abrasador, sabía que necesitaban de su ayuda para limpiar los peces y prepararlos para su transporte. Las mujeres no se quedaban a la zaga, colaboraban y no era sólo por necesidad, un espíritu de solidaridad les embargaba a todos.

Eran los días en que el Maestro estaba junto a ellos, sus palabras habían calado hondo en muchos, tanto que cambió radicalmente sus vidas… Pedro, Mateo, Santiago…


Ahora todo era silencio. Alguna desvencijada barca en un mar que ya no era el mismo. Los aviones
sobrevolando a cielo raso, rompiendo la paz que aún se respira, rumbo norte, en no se sabe qué misión, en nombre de no sé qué paz.


«Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los limpios de corazón, los perseguidos, los que lloran…» Sus palabras están tan vivas como entonces.


No me apetecía dormir bajo un techo de hormigón, así que decidí que las estrellas me acompañarían. Los grillos ya comenzaban su cantinela y el sonido suave del agua acariciando la orilla eran un bálsamo para mi cuerpo cansado.

La primavera se dejaba entrever. La noche era templada. La vegetación se mezclaba con la árida tierra alfombrándola con su verdor. La luna creciente se asomaba a través de los montes cercanos, reflejándose su luz en las tranquilas aguas.

Me senté a la orilla dejando que mis pies se mojaran. Una vez más los recuerdos reaparecían…


Otro tiempo. La misma orilla. Mis pies mojándose como hoy, pero no estaba solo, cerca dormían como niños mis compañeros de viaje.

El Maestro se acercó, sus pasos le delataban; se sentó a mi lado, descalzándose y extendiendo sus piernas dejando que el agua las bañara. Su túnica acabó mojándose. Nos miramos y sonreímos. Volví a mis pensamientos.


—Nada temas —me dijo.

—No estés preocupado por el futuro, sin duda llegará, pero éste es el momento que estás viviendo —pareció leer mis pensamientos—, es en el ahora donde has de concentrar tus energías. Nuestro Padre sabe de tus necesidades y de las mías, nada te ha de faltar.

—En este momento, si todo tu ser lo centrarás en ver el Reino de Dios lo tendrías ante tus ojos, mas la duda no deja de cegarte. Pasarán mil, dos mil años y te seguirás haciendo las mismas preguntas… ¡Cuando la respuesta la tienes tan cerca!

—El Reino —continuó— no es un lugar al que has de llegar, ni siquiera una tierra que has de conquistar. ¡El Reino eres tú!


Me quedé un poco perplejo, no acababa de entenderle, a veces sus palabras me resultaban tremendamente enigmáticas. Parecía hablar como si estuviera dirigiéndose a los escribas y eruditos, y yo no era más que el hijo de un pescador.


—Me dirijo a ti —volvió a leer en mi mente―. Las auténticas verdades, las que nos hacen libres, son sencillas. Somos nosotros quienes para no salir de nuestra prisión tejemos una telaraña donde nos dejamos atrapar, y le ponemos nombres que ocultan la podredumbre que encierran.

—Eres libre si así lo deseas con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.

—Sólo hay un camino, el de la verdad. La verdad de que eres mi hermano. La verdad de que somos hijos del Creador… nuestro Padre.

—Él nos ha dado la vida, nos ha dado lo más preciado que un padre puede tener; se ha dado a sí mismo, se ha entregado por entero a los mundos que ha creado, se ha fundido con ellos.

—Y tú, mi pequeño hermano, no eres menos que la Luna que contemplas, ni el Sol que alumbra tus días. Él habita en ti, como tú habitas en Él. Este es el Reino que quiero que descubras, no importa si hoy o en otro tiempo, solamente depende de ti.


Le miré. Su cabello negro, brillante como la luz de la luna. Sus ojos mirándome fijamente. Los míos dejaban caer unas gotas como el agua del Mar de Galilea.

Nunca olvidaré su rostro y su sonrisa, pero más importante, nunca olvidaré sus palabras de vida:

«El Reino eres tú. Este es el Reino que quiero que descubras, no importa si hoy, o en otro tiempo, depende de ti».


Abrí el saco de dormir. Tumbado contemplé el firmamento, una estrella fugaz le recorría de Este a Oeste, de mis ojos brotaron unas gotas como el agua del Mar de Galilea.



viernes

AL ENCUENTRO CON EL MAESTRO

Al encuentro con El Maestro

El relato
de una peregrinación a través de los tiempos
donde todo es posible,
incluso el encuentro con el Maestro
que nos espera en cualquier recodo del Camino.
* * *
Libro en el que me descubro,
 alcanzando la anhelada paz interior que todos buscamos.
Nada es casual en la vida, todo está encadenado a lo largo de las edades en las que cada uno jugamos un papel, en las que nos mostramos con distintos rostros y nos reencontramos puliéndonos hasta ver la realidad de quienes somos. El "Yo Soy" aparece en su más amplia dimensión.
* * *
Descárgate el libro aquí:
AL ENCUENTRO CON EL MAESTRO



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