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lunes

17 (alfa)- El Monte Tabor

Escrito I
2ª parte EL AMOR

17 (alfa)- El Monte Tabor


Tras el lento y tortuoso recorrido desde Jerusalén la llegada del autocar a Nazaret se produjo sin problemas. Me alojé en el albergue San Gabriel, junto a la iglesia del mismo nombre. Las vistas de la ciudad eran preciosas desde esta colina. El monte Tabor se alzaba al Este, esplendoroso, a poco más de diez kilómetros.

Después de un tentempié me dirigí al recepcionista, le pregunté cómo ir al monte Tabor. Llegué en el momento adecuado, justo un grupo de peregrinos salía en autocar hacia él, así que me apunté a la “excursión”.

Desde la cima del monte la panorámica era preciosa, inmensos valles pincelados de verdor arropados por un cielo azul majestuoso. La planicie del cerro llamaba al recogimiento con sus bellos y sencillos jardines, se distinguía la mano de los franciscanos en su cuidado.
Entré en la Basílica, su piedra caliza le unía firmemente a la tierra y como si fuera una prolongación de ésta se elevaba uniéndose al cielo. Me senté a orar. Destacando en una cúpula frente a mí la imagen del Maestro, su aureola atrajo mi atención y me llevó a otro tiempo…

El Maestro ya no estaba con nosotros, me encontraba orando como Él nos había enseñado: “Abbá…”

Sumido estaba en mi dolor y soledad cuando sin saber cómo me sentí arrebatado del mundo que me rodeaba, vi al Maestro a unos pasos de mí rodeado por una aureola de luz dorada, permanecía inmóvil y en silencio. Entonces su Ser se iluminó y ante mis ojos apareció una paloma blanca revoloteando, ésta acabó posándose frente a mí.

Una Voz tierna y compasiva exclamó:

—¡Ofrécele tu sufrimiento!

Pensé en todo aquello que me tenía sumido en un estado de impotencia y consternación. Mi vida era una constante búsqueda del amor y me sentía completamente perdido sin saber qué hacer ni dónde ir, ya nada tenía sentido para mí. Lentamente unas lágrimas brotaron de mis ojos cayendo sobre mis manos.

—¡Bríndale tus manos!

Las extendí ante la paloma. Mis lágrimas se convirtieron en granos de trigo, ésta se acercó y se los comió.

—¡Juan! ¡Has llegado a la cumbre! ¡Te entrego mi Espíritu!

La paloma puso un pequeño huevo blanco.

―¡Trágatelo! —exclamó la Voz con firmeza. Así lo hice.

―¡Dale calor y cuídale con tu amor!

―¡Deja que crezca dentro de ti hasta que eclosione!

―¡Aliméntale con tus obras hasta que podáis echar a volar siendo Uno!


Seguidamente surgieron ante mí rostros de niños, jóvenes y ancianos.

—¡Todos ellos eres tú!

Me llamó por mi verdadero nombre, un nombre que no puedo pronunciar.

—¡Toma el Libro de la Vida y escribe en Él palabras de Amor y Verdad!

La paloma abrió las alas y emprendió el vuelo. Volví a ver al Maestro. Me sonrió y desapareció…


Una monja se me acercó:

—¡Hermano, es la hora de cerrar el templo!

Me levanté y salí estando entre dos universos.


Me senté ante las ruinas de la muralla, junto a la puerta llamada "Bab el-Hawa" —puerta del viento—, a contemplar una puesta de Sol única.

Todo era quietud y silencio.





16- Maayane la samaritana

Escrito I
2ª parte EL AMOR


16- Maayane la samaritana


Llegamos a Sicar, un oasis en el desierto que ya estábamos necesitando.

Los últimos rayos del Sol se perdían en el horizonte.

Una posada a la entrada de la aldea nos sirvió de refugio ante una noche que se prometía fría, los vientos del norte soplaban intensamente desde hacía unas horas.

Exhaustos caímos sobre los lechos que el posadero nos había preparado, aunque un poco incomodado éste por la presencia de una mujer entre nosotros. Mas el Maestro zanjó la cuestión con rapidez, con voz tajante le dijo:

—Ella es antes que yo. Donde ella va voy yo. Donde ella está estoy yo.

El posadero no supo que contestarle y se alejó refunfuñando.

El sueño nos venció rápidamente…

El tercer día desde que salimos de Jerusalén amaneció como se fue el anterior, el viento seguía soplando con fuerza. Decidimos esperar a que amainara, aprovechamos para ver a una vieja amiga del Maestro: Maayane.

Nos dirigimos a su hogar en las afueras, cerca del pozo de Jacob.

Allí estaba, preparando el pan cuando nos vio aparecer. Salió corriendo hacia el Maestro. Se detuvo ante Él, unas lágrimas caían por sus mejillas y en su intención de arrodillarse, Éste le dijo:

—No te arrodilles mujer, pues tú y yo somos hijos del mismo Padre, hermanos, iguales a los ojos de Dios y ante los hombres.

El Maestro le besó en la frente y nos presentó como a sus hermanos.

Nos invitó a entrar en su humilde casa y compartir el pan que preparaba. Así lo hicimos.

Juntos recordaron la conversación que en una ocasión mantuvieron.

Maayane parecía vivir feliz a pesar de su pobreza, hacia honor a su nombre: “Manantial… de alegría”. La alegría de quien se siente en las manos de Dios, de quien sabe que tras una larga búsqueda por fin ha encontrado aquello que tanto deseaba: la paz en su alma.


En su vida, sencilla y dura —por lo que ella misma nos había revelado—, las vicisitudes y penurias le habían enseñado que la humildad es un don que difícilmente se adquiere cuando el corazón está distraído donde la abundancia material mora.


—Tuve momentos de desesperación —nos confesó— cuando me sentía rechazada por las demás mujeres y codiciada como un objeto por los hombres. No quería vivir, me sentía que valía menos que una piedra del camino. Fue entonces cuando en mi más profunda desmoralización rogué al Dios de Abraham y de Jacob que me ayudara.

—Estaba junto al pozo cuando se acercó el Maestro. Nada sabía de Él. Me habló de lo que nadie sabe sobre mi vida, de las intenciones que tenía de acabar con mi sufrimiento. En un instante mi vida cambió, fue como si un rayo de luz me hubiera sacado de la oscuridad en la que vivía. Me devolvió la dignidad que creí perdida para siempre.

—Yo le ofrecí agua del pozo de mis antepasados y Él me dio a beber de un agua nueva, del manantial de agua Viva que nunca se seca.


Nos despedimos de Maayane, con la promesa de que nos volveríamos a encontrar. Nos ofreció alimentos para el camino que el Maestro aceptó con agrado. Él sabía que a pesar de su pobreza no podría rechazarlos, era la pureza de su corazón lo que compartía.


En poco tiempo estábamos lejos de Sicar, camino del norte. Nuevamente los montes desérticos serían nuestra compañía durante parte del recorrido.

Evitamos las pequeñas poblaciones que nos encontrábamos pues el Maestro pretendía que llegáramos antes del anochecer a tierras galileas. Cada vez los valles eran más extensos y esto nos facilitaba la marcha.

Eludimos la aldea de Beth Haggan al atardecer, el aroma de sus tierras fértiles me recordaban la infancia junto al mar de Galilea.

Una choza de labradores junto a una gran encina apartada del camino nos sirvió de cobijo.

La noche estaba extrañamente luminosa. La Luna comenzaba a alzarse imponente en el horizonte sobre las montañas al este del Jordán, su contorno era casi perfecto.


María de Magdala, nos confesaba que le había impactado la dura vida de Maayane la samaritana, su fortaleza a pesar de los golpes que había recibido en ella y cómo cambió su vida.


—¡Cómo cambia la vida de todos los que nos acercamos a Él! —en alto pensé.


El Maestro sonrió. Se alejó un poco de nosotros, quedándose en pie contemplando el cielo nocturno. Los demás nos tumbamos, con la mirada en las estrellas.


—¡Qué grande es el Universo! —exclamó Pedro.

—¿Estaremos solos en Él? —se preguntaba María.


La cantinela de una chicharra hizo que permaneciéramos en silencio. Posiblemente nos estaba cantando la respuesta.

15- Pedid al Padre

Escrito I
2ª parte EL AMOR


15- Pedid al Padre


La Tierra no se detuvo y el alba de un nuevo día llegó. Abrí los ojos, vi a María y a Pedro junto al Maestro sentados con la mirada perdida, con un gesto me pidió que me acercara a ellos, así lo hice, parecía que me esperaban.


Entonces el Maestro comenzó a hablar:

—Cuando os encontréis desanimados o alegres; alterados o tranquilos; sin rumbo o con esperanza; en cualquier estado de ánimo o actitud mental: buscad un tiempo en soledad, no importa donde, ni a qué hora, si al alba o al anochecer. Entonces en silencio, en voz baja o en alto, orad así: “Abbá”… Y hablad con el corazón, con verdad. Expresaos con humildad.

―Compartid vuestro dolor, vuestro llanto y desesperación si así lo necesitáis. Entregádselo a Él y os lo devolverá convertido en Luz y Esperanza.

―Tened por seguro que Él os escucha y no caen en saco roto vuestras súplicas.

―No le pidáis por vuestras necesidades materiales, pedidle por vuestras carestías espirituales.

―Y dadle siempre gracias y amad a vuestros hermanos.

―Porque, en verdad os digo, sólo el Amor podrá satisfaceros plenamente.


Finalizó diciendo:

—Ahora os dejo en vuestro silencio, después empezaremos a caminar hacia nuestro destino…


Nos quedamos una vez más callados y sumidos en nuestros pensamientos.


Al poco emprendimos camino entre montañas. El buen tiempo nos acompañaba otra vez y un ligero viento nos hizo así más llevadera la travesía por estas áridas tierras.


Recordé las palabras del Maestro: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y que me siga”.


—Sí —dijo el Maestro—, es necesario renunciar a nuestra pequeña vida personal si deseamos alcanzar la verdadera paz, la que nace tras el sacrificio de nuestro ego.

—Ahora vives en una encrucijada, un cruce de caminos y has de elegir si seguir siendo el que eres, envuelto en tus dudas y temores a merced de las mareas de tus pensamientos y sentimientos, donde tu pequeño yo es quien importa o, tomar el timón de tu vida y conducirte a las cálidas tierras de mi Padre.

—Sí así lo deseas puedes seguir conmigo y atravesar estas tierras, este desierto, como ahora lo estás haciendo. No sabes adónde vas. Únicamente conoces tu vida pasada, te aferras a ella como si fuera lo más importante, sin embargo aún no sabiendo el por qué, confías plenamente en mí. No pienses que dejas de existir, nada más lejos de la realidad. El único que muere es el ser aislado que vive en ti, para dar paso a un hombre nuevo donde la palabra Amor cobra su auténtico sentido.

—El Amor se identifica con todos y con todo, nada queda fuera de Él, pues Él es la Vida, lo único que de verdad existe.

—O tomas el camino de regreso a Jerusalén, donde las leyes, con sus normas, premios y condenas te seguirán atando. Hasta que un día te vuelvas a preguntar: ¿por qué permanezco esclavo de mi mismo?... Y vuelvas a pedir ayuda a tu Padre.

—Hoy es el tiempo que has elegido para liberarte y los cielos se conjugan para que así sea. Tú tienes la última palabra.

Entonces —preguntó María—, ¿por qué vivimos sumidos en el caos que produce el sufrimiento cuando podemos vivir en paz y armonía?


Él contestó:

—Porque nacimos libres y vivimos las consecuencias de esta libertad. Aprendemos de nuestras experiencias, errando y acertando nos hacemos a nosotros mismos. Cada uno somos únicos y nadie puede hacer el trabajo por nosotros.

―Elegimos estar viviendo en un profundo sueño o despertar de él.

―Somos como esta planta —señaló un matorral—. Eligió el desierto para vivir, en él encuentra su sustento, no obstante el viento le trae aromas de otras tierras y le recuerda que un día las lluvias también le pueden alcanzar sólo con pedirlo.


Pedro le preguntó: ¿Y cómo evitamos el sufrimiento?


—Los deseos que te atan a la carne —siguió expresando el Maestro—, no los evites. ¡Aprende a ennoblecerlos y pon tu mente al servicio de tu alma y no al revés! ¡Y tu alma al servicio del Espíritu!

―No os hablo de una entelequia, una ficción. Os hablo con la misma fuerza que creó el Sol y las estrellas, la Tierra y a todos los que la habitamos.

―Pedid al Padre y os dará, buscad su Reino y le encontraréis.


Sus palabras nos conmovieron profundamente y al unísono le dijimos:

—¡Elegimos despertar!


Unas carcajadas salieron de los cuatro y nos abrazamos, el Maestro de pronto salió corriendo gritando:

—¡Agarradme si podéis!


A pesar de ser de mayor edad que el resto no le alcanzamos. Nos dimos por vencidos y proseguimos andando, silbando, alegres. María cantaba una vieja canción de cuna.

―¡Qué lejos queda la infancia! —dijo Pedro.

—¡Correcto! ¡Estamos creciendo! —contestó el Maestro.


La ciudad de Sicar asomaba en el horizonte. Hoy la jornada pareció más corta, quizás la alegría rebosante que nuestras almas desprendían tenía algo que ver tras las palabras que no dejaban de resonar: “Pedid al Padre…”

13- El rostro de un niño

Escrito I
2ª parte EL AMOR


13- El rostro de un niño


El griterío de los niños me retornó una vez más a la vivienda de José de Arimatea. Esa mañana el tiempo parecía haberse detenido…


Unos niños entraron al patio de la casa corriendo y saltando, María les conminó a estarse quietos, ninguno parecía hacerle caso e incluso comenzaban a gritar.

Se giró el Maestro hacia ella diciendo:

—¡María! ¡Déjalos que jueguen!

Se levantó y se puso a corretear con ellos.


Estábamos varios discípulos observándoles en silencio.

Yo no paraba de pensar en sus últimas palabras: “Muchos rostros has de mostrar…un solo Espíritu les alienta”. ¿Qué querría decir?


El Maestro se volvió hacia mí sin dejar de jugar, pareció leerme el pensamiento.


—¡Juan! —exclamó—. Observa a los niños, sus rostros van cambiando según van creciendo; llegarán a ser hasta irreconocibles si durante un largo tiempo no les ves; irán reflejando la madurez de sus almas, sus cicatrices, sin embargo el mismo Espíritu les habitará. Mas no dejes de mirarles a los ojos, sabrás reconocerlos, pues son el contacto de dos mundos que viven en uno sólo.


Continuó señalando:

—¡Fíjate en sus almas inocentes, limpias! Aun así, en ellas llevan latente el conocimiento adquirido. El grado de amor que sienten es innato en ellos. Son las lecciones aprendidas con otros rostros en otros caminos recorridos. Nada se pierde para el Espíritu que les alienta.

—Mi Padre nos hizo semejantes a Él, eternos. Y eterno es el aprendizaje de sí mismo.

—El rostro del Hijo es el rostro del Padre, porque Uno es su Espíritu e infinitas sus manifestaciones. Cuando yo me vaya al Padre, algunos de vosotros permaneceréis aquí y tendréis nuevamente rostros de niñas y niños, de mujeres y hombres. Subiréis con cada rostro que mostréis un peldaño en la escala que os conduce a mi Padre, a vosotros mismos.


—¡Rabí! —le pregunté―. ¿Cómo sabremos qué hacer, qué itinerario tomar? Tú nos hablas con sabiduría, y sin embargo, nosotros nada sabemos.

Sonrió. ¡Siempre su eterna sonrisa! Me desconcertaba, me sentía como una partícula de arena en el desierto.

Prosiguió:

—¡Pequeño Juan! ¡Confía! Su Espíritu permanecerá en vosotros y sabréis cómo actuar en cada momento. Recordad quienes sois en realidad, sólo debéis amar y recordar.

—La Presencia Divina os irá iluminando según os vais desprendiendo de la herrumbre que os cubre.

—La oscuridad, la sombra, es sólo una ilusión, pero eso has de descubrirlo por ti mismo.

—Debes volver a ser un niño otra vez, porque sólo en los niños y en los que son como ellos se encuentra pura su Presencia.

—Nunca perdáis la sonrisa y la alegría del niño que lleváis dentro.


Con un chiquillo a hombros el Maestro conminaba a los demás niños a alcanzarle. Parecía completamente ajeno a la situación del mundo en que vivíamos, a la seriedad del peligro que corría y nosotros con Él. Sin embargo sólo lo parecía, una vez más me leía mis pensamientos.


Me miró y dijo:

—Nada temáis, nada ocurre bajo la capa del cielo sin que lo permita nuestro Padre, si yo quiero que algunos de vosotros permanezcáis, estáis cumpliendo su Voluntad. Ésta la aceptaréis libremente pero antes habréis de morir para el mundo. Yo os enseñaré el camino, vosotros le habréis de andar. Volveréis a nacer no sólo de la carne y la sangre sino en Espíritu.


Una vez más debía tomar aliento, el recuerdo de sus palabras me dejaban aturdido y siempre me recalcaba: “Confía”.

Sin lugar a dudas confiaba en su Palabra. Me demostró sin vacilación la certeza de la realidad de la que nos hablaba a lo largo del tiempo vivido.

El que fue al Padre no dejaba de insistir en que permanecería con nosotros, y así lo cumplió, ya que realmente nunca se fue.

domingo

12- María de Magdala

Escrito I
2ª parte EL AMOR


12- María de Magdala


El día amaneció caluroso en Jerusalén. En el hotel el aire acondicionado brillaba por su ausencia, nada parecía funcionar, quizás la metralla de la bomba que un suicida palestino explotó el día anterior afectó la instalación eléctrica. La sangre inocente seguía derramándose a cuentagotas un día sí, otro también.

Me asomé al balcón esperando que alguna ráfaga de viento desviara su camino y me refrescara. Un rayo de luz me deslumbró. Mi mente recorrió en un instante los casi dos mil años que me separaban de otro tiempo, otra Jerusalén, otra morada…


Desde la ventana de la estancia donde dormimos vi al Maestro en el patio interior de la vivienda de José de Arimatea. Un viejo olivo en el centro y un pozo era todo lo que había en él. Extraía agua María. El Maestro contemplaba en silencio sentado junto al olivo la escena, ella se le acercó con un cántaro lleno de agua:

—Rabí —le preguntó con su cálida voz—, ¿quieres un poco?

—Sí —le contestó Él—, hoy va a ser un día caluroso. La primavera está cercana y el Sol nos está bañando con su luz cada vez con más intensidad, nada le detiene en su viaje celestial.


Absorto les observaba. ¡Cuántas palabras se vertían sobre ellos sin conocimiento! Sí, era cierta la pasión que ella profesaba por la figura del Maestro, pero no difería en nada por la que otros también sentíamos por Él. Sólo algunas envidias generaban falsos rumores. Aquellos que no veían con buenos ojos que tratara el Maestro por igual a hombres y mujeres no dejaban pasar ocasión de manifestarlo públicamente. Él nos ama a todos por igual, sin ninguna distinción.

El Maestro nos conocía aún mejor que nuestros padres, sabía de nuestras debilidades y nos trataba con sumo cariño y respeto. Era paciente y no dejaba de decirnos que en cada uno de nosotros estaba en plenitud la grandeza del Universo. Claro que, no todos lo interpretábamos del mismo modo, nuestras personalidades a veces hacían que la humildad que Él nos solicitaba tan encarecidamente, no surgiera.


—¡María! ¡Descansa un poco y siéntate! —exclamó el Maestro―. Te vengo hablando con insistencia de los planes de mi Padre para con vosotros, tú especialmente tienes un papel muy importante en sus designios. El hombre lleva siglos gobernando con mano dura, imponiendo sus criterios y en la mayoría de las ocasiones anulando la sensibilidad, la belleza y la intuición que vosotras representáis. Aún queda mucho tiempo para que este desequilibrio termine, pero la semilla está plantada y sin ninguna duda germinará en su momento. Debes conservar, generación tras generación, hasta mi vuelta, la verdad que vive adormecida en ti.


—¡Rabí! ¿Dónde vas? ¿Nos abandonas? —Con preocupación preguntó María.

—Nada has de temer —sonriente le contestó―. Aunque no me veas, siempre estaré a tu lado y al lado de todas tus hermanas y hermanos. En la Casa de nuestro Padre ya están preparados los aposentos que por derecho os corresponden, nadie puede arrebatároslos.

—Los ciclos del Sol como los de las demás estrellas hay que respetarlos. Ten por seguro que la balanza se inclinará una vez más a vuestro favor y la humanidad abrirá unos pétalos más de la flor en la que os estáis convirtiendo, la más bella flor del Paraíso. Vuestras cualidades femeninas harán bien su trabajo. No lo dudes. Y después, en una armonía que nunca conoció este mundo, trabajaréis al unísono para expandir la Verdad y el Amor por el Universo. Mas antes, muchos rostros has de mostrar, pero no olvides que tras ellos un solo Espíritu les alienta, nuestro Padre vive en Él por siempre. No lo olvides María de Magdala.


Embelesado continué contemplándoles. María, con su cabello moreno al descubierto; su estatura algo superior a la media; su belleza exterior reflejando la interior, con una fuerte personalidad. Era su humildad lo que más destacaba en ella, se apreciaba que en el norte la mujer estaba mejor considerada que aquí en Jerusalén. Y Él con su túnica de lino blanco…

Llenaban de paz el lugar. No dejaba de escuchar con suma atención las palabras que el Maestro le comunicaba a María. Muchas preguntas se agolpaban en mi mente, pero no era tiempo de interrogaciones sino de vivir con intensidad cada instante junto a ellos. Él nos iba dando con sutileza y sabiduría aquello que necesitábamos en cada momento, nunca dejó de hacerlo.


Una brisa de viento helado me erizó el bello. ¡Por fin el aire acondicionado funcionaba! Me trajo a la realidad de otro tiempo, el actual. ¡Cuánta verdad y sabiduría en su Palabra! Ésta, se iba cumpliendo a través de los tiempos, pues los pétalos de la flor al calor del Sol del Padre están mostrando, aún tímidamente, el fruto que encierra, mas su perfume se extiende inexorablemente por toda la Tierra alterando el desequilibrio de siglos y siglos de oscuridad.

¡La oscuridad está desapareciendo en la Luz que la creó!


Y en la calle unos niños, judíos y palestinos, juegan juntos con una pelota ajenos por completo al mundo que les rodea, son el futuro…



8- La hora del viento

Escrito I
2ª parte EL AMOR


8- La hora del viento


Amanece en el desierto. La oscuridad va dejando paso a la luz del alba.

El frío de la noche se aleja, dejando una estela de rocío sobre las pocas plantas que se atreven a crecer en esta inmensidad encantada.

Un pequeño escarabajo despierta haciendo un surco bajo la arena

comenzando su diaria tarea en búsqueda de alimento.


Poso mis manos sobre la fina arenisca, las lleno de ella elevándolas al cielo; abriéndolas y dejando la arena caer cual reloj sin tiempo que marcar, sus diminutas partículas se esparcen llevadas por el viento, lejos, no importa dónde.

Los primeros rayos comienzan a perderse en el horizonte, pronto

el rey Sol se dejará ver en todo su esplendor.


Sumido en la contemplación del bello espectáculo de un nuevo día, único, irrepetible, unas palabras resurgen en mi corazón:

«Yo envío delante de mí a mis hermanos, allanad el camino de mi vuelta, os traigo lo que os prometí».

«Ven, conmigo ven, llegó la hora del viento».

7- La Voz

Escrito I
1ª parte LA VOLUNTAD


7- La Voz

Una Voz resonaba en mi interior:

—¡Despierta! ¡Sal de tu casa! ¡No estás soñando!


Miré a mi alrededor, no había nadie, aun así aturdido respondí:

—¿Ahora? ¡Aún es de noche!


La Voz siguió:

—¡La semilla que plantaste en tu jardín ha crecido lo suficiente para dejar ver su hermosura, sal a verla!

A medio despabilar, abrí la puerta, salí, bajé unos escalones y me encontré en medio del jardín. No veía nada fuera de lo normal por más que miraba a mi alrededor, algunos arbustos y un ciprés dejando entrever la luna llena en medio del infinito.


La Voz continuó:

—Como siempre, andas un poco despistado, no es con los ojos físicos con los que has de mirar, son los del alma los que debes usar, mantente un momento en silencio, agudiza un poco el oído y escucha.

Así lo hice, lentamente mi respiración era más pausada, aparte de ello todo era silencio. Pensé: “no escucho nada”.


La Voz me dijo:

—¿Estás seguro que no oyes nada?


Volví a “mi” silencio. Escuché entonces los latidos de mi corazón, al principio agitados, aunque la calma no tardó en llegar.

Acabé cerrando los ojos sentado en un banco. Los minutos pasaban, o eso me parecía a mí.

Una música muy suave, un sonido indescriptible pero hermoso me puso el bello de punta. Me pareció que todo se movía a mi alrededor, al instante me encontré en pie… ¡frente a mi mismo! No podía creer lo que estaba viendo, ahí estaba yo, sentado con los ojos cerrados y a la vez en pie, creía que me estaba volviendo loco. Y de pronto volví a escuchar la misma melodía, me serené sin saber cómo.


La Voz, que esta vez parecía provenir de todas partes, la volví a escuchar diciendo:

—Ya es hora que veas el ser en que te has convertido, has tardado “unos pocos milenios”, pero ha merecido la pena la espera. Pasaste penurias, sufrimientos, también momentos alegres e inolvidables, todos ellos te fueron moldeando y han hecho, has hecho de ti quien hoy eres. Lo debes a tu esfuerzo y abnegación, los que te acompañaron y acompañaste, están muy contentos.

—Hoy el cielo canta una canción, la tuya, la del ritmo de tu corazón sonando en armonía junto a miles, millones de hijos de Dios.

—Hoy ha nacido un hijo del Espíritu.


—¡Empieza a caminar!



6- Contigo gloria alcanzada

Escrito I
1ª parte LA VOLUNTAD


6- Contigo gloria alcanzada

En tu grandeza, Padre,

al ciego convirtiendo en visionario.



En sueños contemplando una realidad

trascendiendo los sentidos confinados.



Tu Espíritu habitando alma arrebatada,

gozoso éxtasis de amor sublimado,

entregada a tu Voluntad Divina,

devuelta magnificada,

transfigurada morada,

nunca más por el humano ocupada.



Únicamente Tú importas,

sólo tu Palabra.

La persona muere,

sin ti ya no es nada,

contigo gloria alcanzada.

5- Es asunto tuyo

Escrito I
1ª parte LA VOLUNTAD


5- Es asunto tuyo


Nada sobre los mares,

sumérgete en sus profundidades,

sus corrientes te llevarán de un lado a otro.

Cuando domines el arte de la natación,

podrás andar sobre las aguas,

entonces mira hacia el cielo.


Contempla como vuelan las aves,

extiende tus brazos,

se convertirán en alas;

nada temas,

toma impulso y únete a ellas;

se alegrarán de tu llegada y te enseñarán el arte de volar;

lo demás es asunto tuyo.

4- Ayer me contaron

Escrito I
1ª parte LA VOLUNTAD


4- Ayer me contaron


Ayer me contaron que…

junto al olivo, símbolo de paz,

unos ojos entristecidos descubren a un amigo,

Aquel que siempre está cuando se le necesita.



Sus ojos negros, penetrantes y profundos.

Su rostro con las huellas de tantos caminos recorridos

y sin embargo terso y firme;

juvenil y maduro a la vez, lleno de sabiduría.

Su cabello azabache, mecido por la brisa,

y su sonrisa,

infunden serenidad y bonanza.



Los pensamientos desordenados de quien le observa

los hace suyos.

La confusión desaparece por completo con sus respuestas sin palabras, llenas de vida y amor.



Una Voz que resuena con nitidez en su interior

le habla de esperanza;

de la realidad divina;

del espíritu unido a tantos y tantos espíritus;

de confianza de que Su palabra se cumplirá.



Nunca se fue,

está en cada uno de nosotros,

ahora más que nunca.



miércoles

3- El Hijo pródigo

Escrito I
1ª parte LA VOLUNTAD


3- El Hijo pródigo


¿Cómo expresar con palabras lo inconmensurable,

compartir el gozo, el deleite,

la complacencia,

del encuentro con la divinidad inmanente?



Solo, en el silencio, escucho tu himno de alabanzas:



¡Alabados sois, porque veis el Reino en medio de la iniquidad!

¡Alabados sois, porque aun no siendo del mundo lo dais todo por él!

¡Alabados sois, porque os creé a todos semejantes a Mí!

¡Alabados sois, hijas e hijos míos, porque allanáis el camino al Maestro, vuestro hermano!

¡Alabados sois, hijas e hijos del Amor, en Mí vivís por siempre!



Tu fuego purificador ha sanado a la ignorancia

convirtiéndola en luminiscencia.

El rayo de tu luz señala el camino a seguir.

El encuentro celestial ya no es una quimera.



Hoy, aquí y ahora,

vives en cada uno de nosotros.



Hoy, el hijo pródigo vuelve a casa.





2- Padre

Escrito I
1ª parte LA VOLUNTAD


2- Padre



Padre,

en este mundo donde tanto se habla de ti,

unas veces con bondad,

con conocimiento y amor,

otras con vanidad e ignorancia.

Donde muchos se autoproclaman seguidores de la verdadera iglesia y rechazan sin dudar a su hermano.

Donde te catalogan y establecen normas que tus hijos

nunca manifestaron.

Un dios creado a medida del humano,

Un dios frustrante e inalcanzable.

Un dios que nada tiene que ver contigo,

Padre.



Tú, Padre, hablas de hermandad,

de un solo cuerpo integrado por todos tus hijos;

donde no hay primeros ni últimos;

donde no vamos a ninguna parte porque ya estamos;

donde tú te manifiestas.



Los hijos que bien te conocen,

nos hablan de la fuerza del amor frente a la barbarie de la sinrazón.

Nos hablan de esperanza,

de una realidad tangible

sólo con dejar un pequeño espacio a la posibilidad de lo imposible.



Tú, Padre,

estás aquí entre tus hijos porque nunca nos abandonaste.

Nos creaste a tu imagen y semejanza.

Y hoy,

aquí y ahora podemos conocerte,

conocernos si así lo anhelamos con la suficiente

humildad de corazón.

1- Hoy aquí

Escrito I
1ª parte LA VOLUNTAD


1- Hoy aquí


En las playas del Universo,

tras los vientos de la tarde,

en medio de la soledad te encuentro sentado junto a mí.



Me hablas de grandes propósitos,

de esperanzas.

Me dices que cuentas conmigo,

con este pequeño anciano que nada sabe hacer en este mundo,

con todos.



Sólo tengo mi tiempo

que comparto contigo y el destino,

con calma y sosiego,

inquietud y temor.



Nada poseo.

Mis manos vacías están.

No tengo sabiduría.

Sólo sé que nada sé,

mas en tus manos deposito mi pequeño espíritu

para que con él haga nuestro Padre su voluntad.



Hoy aquí, mañana no lo sé.



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